En septiembre, la bahía de Villefranche-sur-Mer, en la Costa Azul (Francia), baja de revoluciones: la luz se vuelve más suave, el agua sigue templada y el monte huele a pino carrasco, romero y tomillo. Los veleros se deslizan por una rada de aguas inusualmente profundas, encajada entre laderas de casas ocres.