Al atardecer, el Monte Saint-Michel emerge de las aguas de Normandía, Francia, como una fortaleza esculpida por las mareas. Dos veces al día, el mar se retira dejando al descubierto vastas extensiones de arena antes de regresar: la diferencia entre marea alta y baja puede alcanzar los 14 metros, una de las más extremas del mundo. Durante siglos, los peregrinos calibraban sus travesías al ritmo de esas aguas o arriesgaban quedar atrapados.